{"id":2778,"date":"2024-02-02T13:16:33","date_gmt":"2024-02-02T13:16:33","guid":{"rendered":"https:\/\/miguelandreis.com.ar\/opinion\/?p=2778"},"modified":"2024-02-03T14:08:30","modified_gmt":"2024-02-03T14:08:30","slug":"el-caro-precio-de-ser-el-hermoso-brummell-o-el-rey-de-la-elegancia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/miguelandreis.com.ar\/opinion\/el-caro-precio-de-ser-el-hermoso-brummell-o-el-rey-de-la-elegancia\/","title":{"rendered":"El hermoso Brummell, o el Rey de la elegancia&#8230;"},"content":{"rendered":"\n<p><strong><em>Escribe: Miguel Andreis<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u201cLas pilchas y la miseria\u201d<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Valdr\u00eda preguntarse, en una sociedad como la nuestra, con valores donde el consumismo fue imponiendo sus propias pautas, cu\u00e1nto tiene de importancia la vestimenta en cada persona. Aquello de entre el tener y el ser, no deja de ser una dicotom\u00eda con l\u00edmites abstractos. No obstante, que, bajo estas pautas, siempre lleva ventajas, a la hora de abrir puertas, quien exponga su presencia con marcas mediatizadas, frente a aqu\u00e9l, que carezca de las mismas. Sobre el particular hay un sinn\u00famero de an\u00e9cdotas, que se ligan con el tener por sobre el ser. Es que la vestimenta, tal como la concebimos, no s\u00f3lo es una tarjeta de presentaci\u00f3n, sino una aparente segmentaci\u00f3n socio econ\u00f3mica donde se supone nos ubican o pretendemos ubicarnos.<\/p>\n\n\n\n<p>En las ciudades m\u00e1s importantes del mundo occidental uno puede encontrarse con ropas o perfumes, y hasta calzados con el nombre de Brummel. Ya algunos prohombres de la historia argentina le dedicaron p\u00e1rrafos a George Brummel, m\u00e1s conocido como el Rey de la Elegancia o tambi\u00e9n el \u201cHermoso Brummel\u201d. Frase \u00e9sta que por a\u00f1os se us\u00f3 para identificar a un hombre que se destacaba del resto a la hora de seducir al sexo opuesto.<\/p>\n\n\n\n<p>Narran que por el siglo XIX fue nombrado como el Rey de la Elegancia. Un adelantado definir\u00edan algunos.\u00a0 Brummel, delgado, alto, estilizado y de buena presencia, proven\u00eda de una familia m\u00e1s bien humilde, su padre se desempe\u00f1\u00f3 como secretario de Lord North, y su abuelo un confitero de Bury Street.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fallecer su progenitor y abuelo, con pocos meses de diferencia, el joven George, los pocos recursos que hered\u00f3, los gast\u00f3 en ropa fina, camisas, sacos, sombreros, corbatas, bastones&#8230; no le pasaba desapercibido a las mujeres. Estando charlando con la due\u00f1a de un bar de moda, en el Green Park, de Londres, ingresa el pr\u00edncipe de Gales en compa\u00f1\u00eda de la marquesa e Salisbury. El pr\u00edncipe, con varios kilos de m\u00e1s, sin cintura, pero que luchaba por ser conocido como el primer caballero de Europa, mir\u00f3 con admiraci\u00f3n y no cierta envidia a Brummel. Este portaba una impecable corbata, que hac\u00eda juego con la casaca, chaleco y pantal\u00f3n, y unos brillantes zapatos de punta afilada que llamaban la atenci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todo el dinero era insuficiente<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El pr\u00edncipe, gastaba much\u00edsimo dinero en ropas, contaba con un presupuesto de cien mil libras anuales para ese tipo de gustos, Entre sus berretines figuraba la de adquirir portamonedas. Lleg\u00f3 a tener m\u00e1s de quinientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Brummel, bien puesto, le hizo abrir los ojos a la condesa y r\u00e1pidamente el pr\u00edncipe de Gales lo convirti\u00f3 en su amigo. Hecho que fue la comidilla de la aristocracia londinense, que no pod\u00edan digerir que el nieto de un confitero asistiera a las \u00edntimas reuniones de la alta sociedad inglesa, menos a\u00fan, que los suspiros de las m\u00e1s bellas y poderosas estaban dirigidos a \u00e9l. Indudablemente que su elegancia lo diferenciaba del resto. No pocos lo quer\u00edan imitar, pero entraban en el plano de lo rid\u00edculo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al encontrarse con un mundo, socialmente diferente, al que perteneci\u00f3, desde siempre, m\u00e1s su \u201cestrecha\u201d amistad con el pr\u00edncipe de Gales, lo volvi\u00f3 soberbio e insolente. No permit\u00eda que a su mesa se sentase cualquiera, y r\u00e1pidamente hasta se olvid\u00f3 de amigos de toda la vida. En m\u00e1s de una ocasi\u00f3n se burl\u00f3 en su cara, y abiertamente, de alguien que contara con ropas \u201cadecuadas\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Tardaba m\u00e1s de dos horas en vestirse, y se transformaba en un espect\u00e1culo al que asist\u00edan s\u00f3lo un grupo de selectos, entre ellos el pr\u00edncipe. Su forma de ponerse la corbata era esperada con ansiedad por todos. Por entonces las mismas consist\u00edan en largas tiras de tela que daban varias vueltas alrededor del cuello y se dejaban caer sobre el pecho. Se levantaba el cuello de la camisa, y a continuaci\u00f3n se anudaba la corbata, cosa no muy sencilla al parecer por cuanto lo ensayaba diez, quince y hasta veinte veces, hasta dar con el nudo exacto. Cada vez que fallaba, la corbata iba a parar al suelo y tomaba una nueva. Cuando por fin quedaba satisfecho, miraba las arrojadas al suelo y comentaba: \u201cHay que ver cuantos errores se comenten\u201d. Su vanidad cada d\u00eda se volv\u00eda m\u00e1s insoportable.<\/p>\n\n\n\n<p>Una noche, se encontraba junto al pr\u00edncipe y varios amigos tomando caf\u00e9. Brummel tuvo unas palabras pocas afortunadas para el pr\u00edncipe, sobre su gordura y lo dif\u00edcil que se hac\u00eda recomendarle una vestimenta. El heredero del trono, que en ese momento hab\u00eda perdido todo su humo, hizo llamar a un criado y le orden\u00f3 que acompa\u00f1e a Georges hasta la puerta y que no lo dejara ingresar nunca m\u00e1s a esa casa&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Lo que el destino le deparar\u00eda despu\u00e9s<\/strong>.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin los favores del pr\u00edncipe y prohibido en cuanta fiesta de la nobleza, su complicada situaci\u00f3n se conoci\u00f3 r\u00e1pidamente en todo el pa\u00eds. Los acreedores, a quien ironizaba permanentemente, se le lanzaron como fieras. En un a\u00f1o hab\u00eda gastado, en vestimenta, cinco veces m\u00e1s, que el propio pr\u00edncipe de Gales. Lo primero que le subastaron fueron los muebles, m\u00e1s tarde debi\u00f3 huir de Inglaterra a Francia. All\u00ed logr\u00f3 algunos pr\u00e9stamos que lograba de ingleses que andaban por all\u00ed. Continuaba levant\u00e1ndose a las nueve y tardaba unas dos horas en vestirse. Paseaba como si estuviese en Londres y com\u00eda de lo mejor. Las deudas crec\u00edan r\u00e1pidamente. Nunca dej\u00f3 de frecuentar alcobas de damas de la alta sociedad, a mayor edad de ellas, mejores regalos recib\u00edan. Una condesa, que se enamor\u00f3 de George, movi\u00f3 sus influencias y logr\u00f3 que lo nombraran c\u00f3nsul de Inglaterra, en Caen. La citada mujer ten\u00eda una hija adolescente, que tambi\u00e9n se maravill\u00f3 con Brummel. Los encontraron juntos. As\u00ed, con la misma celeridad que lo nombraron lo destituyeron. Se le acab\u00f3 el dinero y toda posibilidad de comprar ropa.<\/p>\n\n\n\n<p>Un sastre de Caen, se apiad\u00f3 del Rey de la Elegancia, de quien hab\u00eda o\u00eddo miles de historias. Todo un referente de la \u00e9poca. Sin cobrarle un centavo le arreglaba prendas que Brummel guardaba en distintos ba\u00fales.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El pr\u00edncipe en la derrota<\/strong>.<\/p>\n\n\n\n<p>Parec\u00eda que no pod\u00eda caer m\u00e1s bajo, pero en mayo de 1835, fue detenido por deudas y conducido a la c\u00e1rcel. Cuando sali\u00f3 de entre las rejas, y a pesar de no tener m\u00e1s treinta y picos de a\u00f1os, ya no era ni la sombra de lo que hab\u00eda sido. Su memoria estaba trastocada. Se aloj\u00f3 en la pieza m\u00e1s econ\u00f3mica, en un hotel de quinta categor\u00eda. Un d\u00eda, una inglesa, se present\u00f3 en la conserjer\u00eda preguntando por \u00e9l. Alquil\u00f3 una habitaci\u00f3n cercana a la del Rey de la &#8230; all\u00ed vio un hombre de cara idiotizada, vestido pobremente, y balbuceante. Ella llor\u00f3 desconsoladamente. Se trataba de una de las tantas admiradoras que tuvo Brummel, y quiz\u00e1s, vaya a saber, una de las tantas amantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue perdiendo la raz\u00f3n. Lo ve\u00edan arrimar sillas a la pared, encender velas y de a ratos abrir la puerta de su habitaci\u00f3n diciendo en voz alta: \u201cadelante alteza, adelante pr\u00edncipe de Gales; bienvenido Lord Alvan ley, Un gusto tenerla con nosotros Lady Worcester&#8230;\u201d Por \u00faltimo, sosten\u00eda: \u201cAdelante, Sir George Brummel, bienvenido Rey de la Elegancia\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Miraba por un rato las sillas vac\u00edas y se echaba a llorar en el suelo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Quien fuera el Rey de la Elegancia, qued\u00f3 pobre y absolutamente solo y olvidado en un manicomio de Bruselas. Una hilera de las mujeres m\u00e1s bellas de entonces desfilaban en su imaginaci\u00f3n. Sin dudas que el hombre bebi\u00f3 las mejores mieles carnales de aquellos tiempos. La ventana estaba atascada. No ingresaba el aire a esa pieza, otrora, de grandes lujos. El olor a moho repugnaba. Era 1840, m\u00e1s precisamente un 24 de marzo. Busc\u00f3 un viejo corbat\u00edn, entre montones de hilachas. El manicomio solo sab\u00eda de olvidos y gritos. El solo miraba la nada. Puso el corbat\u00edn al cuello y se esmer\u00f3 en hacer el nudo, uno de sus grandes secretos. Le qued\u00f3 perfecto. El saco de codos aceitoso le quedaba un poco grande. Igualmente, se lo calz\u00f3. Prendi\u00f3 solamente el bot\u00f3n del medio. Acerc\u00f3 la desvencijada silla y casi como un equilibrista se puso de pie en ella. At\u00f3 el corbat\u00edn a la ventana, luego a su cuello, moviendo los dedos como un mago. Pas\u00f3 las manos por el cabello grasoso y sonriente empuj\u00f3 la silla. Ya no ser\u00eda necesario estar impecablemente vestido<\/p>\n\n\n\n<p>El tener y el ser, desde entonces, o antes, para la humanidad, sigue teniendo esa frontera abstracta de las vestimentas que descubrirla suele etiquetarse con un precio demasiado caro&#8230; Una de las artistas m\u00e1s influyentes de Argentina, Mirtha Legrand se sostiene con un viejo axioma -tal vez de su autor\u00eda-: \u201c\u00bbComo te ven te tratan, Si te ven mal te maltratan. Si te ven bien te contratan\u00bb. Quiz\u00e1s la diva tenga raz\u00f3n o no. Sin embargo, y a\u00fan m\u00e1s inexplicable y excepcional sobre la muerte del citado, es que debieron enterrarlo con el corbat\u00edn ( de una seda china de costo sideral) puesto, enlazado con extra\u00f1os nudos porque ninguno pudo desatarlo, Ahh, tampoco desprender el bot\u00f3n del medio del saco, que nadie se atrev\u00eda a usar\u2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Escribe: Miguel Andreis \u201cLas pilchas y la miseria\u201d Valdr\u00eda preguntarse, en una sociedad como la nuestra, con valores donde el consumismo fue imponiendo sus propias pautas, cu\u00e1nto tiene de importancia la vestimenta en cada persona. Aquello de entre el tener y el ser, no deja de ser una dicotom\u00eda con l\u00edmites abstractos. 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