{"id":1638,"date":"2022-07-22T13:41:41","date_gmt":"2022-07-22T13:41:41","guid":{"rendered":"https:\/\/miguelandreis.com.ar\/opinion\/?p=1638"},"modified":"2022-07-22T13:41:42","modified_gmt":"2022-07-22T13:41:42","slug":"de-linyera-a-estanciero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/miguelandreis.com.ar\/opinion\/de-linyera-a-estanciero\/","title":{"rendered":"De linyera a estanciero."},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading\">14 de septiembre de 1971. La sala velatoria de Manelli, ubicada provisoriamente, en Bulevar V\u00e9lez Sarsfield al 1200. El viento daba saltos y desparramaba el agua que se juntaba en las veredas. Una mujer de tez oscura, baja y excedida de peso, que a simple vista andaba por los setenta largos, respond\u00eda con tono cortante a los escasos visitantes que llegaban. Con tono cortante Margarita Funes contestaba: \u201cS\u00ed, aqu\u00ed velan a ese viejo de mierda\u2026\u201d. Era la voz de la suegra. En la pizarra figuraba &#8211; Oreste Taubuk, 92 a\u00f1os-<\/h4>\n\n\n\n<p><strong><em>Escribe: Miguel Andreis.<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ni una sola l\u00e1grima en el recinto. En el punto m\u00e1s alejado de la sala se encontraba Beatriz Iris Funes, arrugada, portando su anatom\u00eda como un collage de frustraciones; le\u00eda una revista ajena a todo\u2026 Era la esposa del occiso. Saludaba sin moverse. Inmutable.<br>Oreste Taubuk naci\u00f3 en Argentina. Sus padres provenientes de Ucrania. De oficio panadero &#8211; repostero. Se radicaron en San Francisco. De Mocet\u00f3n el muchacho comenz\u00f3 a demostrar una conducta agresiva. Debi\u00f3 irse de la ciudad luego de dar una tremenda golpiza al cura p\u00e1rroco. Nunca se supo el motivo. Villa Mar\u00eda lo recibi\u00f3. Oreste, un muchacho musculoso, rubio y de ojos claros. Otro acto de violencia y calabozo. Tom\u00f3 la determinaci\u00f3n de irse en soledad a buscar el futuro. Tranco sobre tranco, cruz\u00f3 campos y poblados. El sol de la siesta se convert\u00eda en una lanza de sed. Un sulky se detuvo. Un italiano, don Jer\u00f3nimo Agust\u00edn Bonaldi torci\u00f3 el sombrero hacia atr\u00e1s y pregunt\u00f3 si precisaba algo. Oreste apenas murmur\u00f3 \u201cno, gracias\u201d; el conductor no se qued\u00f3 con eso \u201clo llevo amigo\u2026 vamos que a esta hora solo andan las iguanas\u201d. Estaban a tres leguas de Cintra. El campesino hablaba un mal castellano. Oreste cortaba las frases. Le coment\u00f3: \u201cAndo buscando trabajo\u2026 de lo que sea. Tengo que comer\u201d. Jer\u00f3nimo fue concreto: \u201cMe est\u00e1 haciendo falta gente para alambrar. Estamos armando un tambo. Si quiere, casa, comida y unos pesos seguros va a contar\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar a la chacra, sali\u00f3 Rosa (Clara Goroso), esposa del patr\u00f3n. Ella, cachetes rosas, senos pronunciados y ojos celestes, que, como su marido, deber\u00edan rondar los cincuenta y pico. Jer\u00f3nimo lo acompa\u00f1\u00f3 hasta el galp\u00f3n donde estaban los dem\u00e1s trabajadores. Le acercaron un plato con gallina hervida -ya fr\u00eda- y una jarra con agua. La bebi\u00f3 en segundos. Repiti\u00f3 una segunda. Las primeras semanas todos los trabajos m\u00e1s pesados iban para Taubuk. Ni el m\u00ednimo gesto de desaprobaci\u00f3n. Rosa lo observaba desde lejos. Era diferente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l aprendi\u00f3 r\u00e1pidamente a montar. A armar caronas y sobar cueros. Don Jer\u00f3nimo le pide que acompa\u00f1e a la \u201cpatrona\u201d hasta el pueblo. Cintra era el poblado m\u00e1s cercano. \u00c9l en silencio absoluto. Rosa llevaba las riendas; ya entrados en el polvoriento camino le entreg\u00f3 media docena de empanadas envueltas en un repasador. \u201cT\u00f3melas, se las guard\u00e9 para usted\u201d, expres\u00f3 mir\u00e1ndolo. Oreste rehus\u00f3 en un primer intento. Luego se las devor\u00f3. Ambos comprendieron que la piel les estaba denunciando algo\u2026 solo eso.<br>Bonaldi le compr\u00f3 ropas. Calzados. Comenz\u00f3 a apreciarlo. Oreste esperaba el final de la tarde para<br>cambiar algunas palabras con el patr\u00f3n, quien le coment\u00f3 que ya ten\u00eda casi cerrado la compra de un campo vecino. As\u00ed fue. Ahora concentraban 830 hect\u00e1reas. El italiano tan rudo como confiado, casi no se dio cuenta cuando un toro reci\u00e9n tra\u00eddo de Marcos Ju\u00e1rez, lo apret\u00f3 contra los postes esquineros.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La punta del cuerno se le meti\u00f3 en el h\u00edgado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Falleci\u00f3 esa misma noche en el Sanatorio Mayo de Villa Mar\u00eda. Jer\u00f3nimo se alej\u00f3 de todos y llor\u00f3. Llor\u00f3 en soledad. Se hab\u00eda encari\u00f1ado con ese hombre tosco como \u00e9l. Rosa, sola y sin hijos presinti\u00f3 que todo se complicar\u00eda. Quedaban varios documentos que pagar. Ochos meses despu\u00e9s frente al Juez de Paz de Cintra, Rosa Goroso, viuda de Bonaldi, contra\u00eda matrimonio con Oreste Taubuk. No hubo tiempo ni intenciones para festejos. El tambo comenz\u00f3 a generar cada vez mayor producci\u00f3n. El trigo y la alfalfa se rotaban. Al a\u00f1o y medio cumpl\u00edan con el \u00faltimo pagar\u00e9. El campo ya estaba a nombre de ella. All\u00ed todo era ef\u00edmero. Rosa enferm\u00f3 de un tumor. El final lleg\u00f3 al galope. La mujer fue previsora. Todo qued\u00f3 bajo la potestad de \u00e9l. Rosa expir\u00f3 a los cincuenta largos. Ella hab\u00eda contratado para tareas de la casa a Margarita Funes, una correntina que ten\u00eda una hija natural, Beatriz Iris, con catorce reci\u00e9n cumplidos. Morochita de generosa anatom\u00eda. Jer\u00f3nimo nunca repar\u00f3 en la ni\u00f1a. Una siesta sinti\u00f3 que unas manos se deslizaban suavemente por su espalda. Oreste ni pens\u00f3 en la edad de la joven. Eso se fue repitiendo.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Su madre alentaba esa relaci\u00f3n<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La afici\u00f3n por la ginebra fue en aumento, un d\u00eda sinti\u00f3 que, en la parte derecha a la altura del est\u00f3mago, se le pon\u00eda como una piedra. \u201cEs una pancreatitis fulminante\u201d, diagnostic\u00f3 el galeno del Sanatorio Mayo. Margarita al enterarse no esper\u00f3 demasiado: \u201cMire patr\u00f3n\u2026 el m\u00e9dico dice que esto es complicado. No lo tome a mal, pero pienso en todo lo suyo\u2026 S\u00e9 que usted y \u2018Beatricita\u2019 tienen cosas\u2026 la veo cuando va a la pieza. No me gustar\u00eda tener que hablar de esto. Pero\u2026\u201d.<br>Estaba todo dicho. \u00c9l le llevaba casi cuarenta a\u00f1os a la adolescente. Dos d\u00edas despu\u00e9s en el Sanatorio un escribano y la jueza de paz, firmaban la uni\u00f3n en matrimonio del ucraniano y la joven. Margarita debi\u00f3 rubricar el acto, esperaba ansiosa el desenlace. Pas\u00f3 una semana, dos, tres, y cuando repar\u00f3, el \u201cyerno\u201d le hab\u00eda escapado a la cirrosis y estaba de nuevo en acci\u00f3n. Ella envejec\u00eda esperando que su hija, que tambi\u00e9n ve\u00eda como se le aflojaba la piel, enviudara. El viejo, alertado, nunca les permiti\u00f3 tocar un peso, y a la joven esposa le ten\u00eda prohibido hablar con los peones o ir sola al pueblo. En m\u00e1s de una ocasi\u00f3n la silenci\u00f3 a cachetadas.<\/p>\n\n\n\n<p>La ni\u00f1a dej\u00f3 de ser ni\u00f1a, y viaj\u00f3 hacia la vejez en forma presurosa. Su madre comprendi\u00f3 el fracaso de su apuesta. Oreste Taubuk falleci\u00f3 a los 92 a\u00f1os. De viejo nom\u00e1s. A su esposa le dej\u00f3 solamente una parte del campo, la otra fue donada a la Casa Cuna de C\u00f3rdoba. Margarita, ya con dificultad para moverse, casi ciega y asqueada de odio, segu\u00eda recibiendo a las visitas y diciendo: \u201cS\u00ed, en la sala 2 est\u00e1n los restos de ese viejo hijo de puta\u2026\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>14 de septiembre de 1971. La sala velatoria de Manelli, ubicada provisoriamente, en Bulevar V\u00e9lez Sarsfield al 1200. El viento daba saltos y desparramaba el agua que se juntaba en las veredas. 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