galgo1-t
Imagen de Miguel Andreis

Miguel Andreis

La bicicleta

Escribe: Leonardo Diego Muñoz.

Villa Verde era un pintoresco caserío en los faldeos cordilleranos de Cuyo, un típico y antiguo asentamiento de casas bajas, adobe, techos planos o a dos aguas y de una sola planta, con la torre de la blanca capilla sobresaliendo de la horizontalidad edilicia. Su nombre reflejaba una esperanza antes que una realidad, la aridez del paisaje contrastaba con su toponimia. La perezosa existencia de sus habitantes sólo era sacudida por algún movimiento telúrico regular, las fiestas patrias y religiosas y el partido mensual contra los vecinos de Pozo Seco. El caserío no era muy diferente a Villa Verde, entre ambas localidades sostenían, sin excesos de ningún tipo, una vieja disputa de límites. Los escritos más antiguos señalaban el límite de las pedanías sobre un arroyo seco, ¡pero!, dos cauces secos se encontraban entre los pueblos, no lográndose para el tiempo que les cuento un acuerdo al respecto de cual era el cauce históricamente mencionado. Esta diferencia provocó un curioso hecho que paso a narrar.

El viejo Varela vivió sus últimos años en el ranchito que heredara de su abuelo materno, ubicado precisamente entre los dos cauces secos. Hombre solo y beneficiario de una magra pensión, el viejo dejó la ciudad para trasladarse a la vieja tapera, la que acondicionó tan bien como sus ganas de trabajar y humildad de recursos le permitieron. Había llegado en una bicicleta con un pequeño hato sobre la parrilla del rodado, seguido de dos perros galgos “cruza”, que no dudaron acompañar al personaje a su nueva morada. Allí pasaba los días, tomándose algunos amargos, descabezando largas y sostenidas siestas, comiendo pobremente. Se llegaba al pueblo a tomar algo en el boliche los domingos, trasladándose en su única movilidad, la bicicleta, que también usaba para dirigirse a la ciudad para cobrar mensualmente la pensión. Solía visitarlo el cura, cuando en sus llegadas mensuales para celebrar la Santa Misa en alguna de las villas, pasaba por el ranchito; entonces Varela le ofrecía el único banquito y se sentaba en una seca cabeza de vaca para compartir unos “amargos”.

El cura era otro personaje de esta miríada de seres repetidos a lo largo de la humilde geografía rural argentina. Cuando mensualmente celebraba Misa, se congregaban en la capilla de turno los vecinos de ambas localidades, compartían luego alguna comida y bastante bebida, concluyendo la jornada con el partido de fútbol. El mismo cura oficiaba de árbitro por tres razones determinantes, estaba vestido de negro, había jugado al fútbol de joven y era autoridad inobjetable. Mechaba el arbitraje con sermoneos ante faltas un tanto exageradas y excesos de lenguaje de los players. La “de cuero” rebotaba de acá para allá, rodando pocas veces por cierto, buscada ansiosamente y maltratada casi siempre. Cada jugador, sudoroso y voluntarioso, entre polvaredas y revolcones, dejaba lo mejor de sí. Jugar ese partido mensual era cuestión de honor y necesidad, ya que a gatas llegaban al once titular.

Cierta vez, en su visita mensual, el cura se detuvo con extrañeza frente al rancho del viejo Varela al no verlo afuera, encontrando en el interior de la vivienda el cuerpo sin vida de su dueño y junto a él su fiel perro, el único que le quedaba tras el paso de los años. Tan tranquilo como había llegado al lugar, el viejo se había ido a los pagos del Cielo. Sólo había dejado ese terreno, una mesa y un banquito, su catre, algunos elementos de cocina, lo puesto, su perro y la bicicleta. Hubo dudas sobre el lugar correcto para que su cuerpo fuera enterrado dada la disputa limítrofe, pero el Juez de Paz autorizó el enterratorio a pasos de su morada. Todo se dejó como estaba, excepto la bicicleta, que sería jugada en un partido homenaje en la siguiente Misa de mes. Tras ofrecer los Santos Oficios por el alma del difunto se disputaría el match, y el premio sería entregado al ganador para ser puesta a disposición de la comuna “según se la precisase”, tal cual constaba en acta.

Llegó el día del partido, todos estaban allí luego de la celebración
religiosa, no había tribunas llenas porque tribunas no había, pero el entusiasmo popular acompañaba la jornada. El cura ajustó un despertador de campanilla para que marcara el final del primer tiempo a los veinte minutos. Minuto de silencio y arrancó el partido. Las alpargatas “bigotudas” y más de un descalzo, comenzaron a recorrer el campo de juego, los chicos gritaban entusiasmados a la vera de la cancha, corriendo de un lado a otro siguiendo el movimiento de la pelota. Primera etapa, muchas ganas, cero goles.

En el entretiempo algunos aprovecharon para pegarle un beso a las damajuanas o a un porrón de ginebra, buscando en la bebida mayor vuelo futbolístico, cuando no, energía en alguna empanada. Preparados para el segundo tiempo, el cura volvió a ajustar el despertador y chifló el inicio (no tenía silbato). Mucha piernas buscaban el fútbol, pero generalmente encontraban piernas ajenas, sin mala intención, pero sí con generosa fuerza. En un corner, el “Flaco” Sánchez metió un cabezazo con olor a gol para Pozo Seco, pero la mano del “Tuerto”, arquero de Villa Verde, y el palo, salvaron la situación. Jugaban los últimos minutos, cuando Sánchez volvió a encarar, se preparó para tocar al gol luego de desparramar al guardameta, cuando llegó a toda velocidad el “Tren” Mansilla, levantándolo por el aire en medio de una polvareda impresionante, “¡lo partió en dos!”, gritaron. El “Flaco”, pese a todo, se levantó dolorido, mientras el cura expulsaba y sermoneaba al “Tren” una vez cobrado el penal. Sánchez reclamó patear la pena máxima y así fue. Se preparó el shoteador, mientras el “Tuerto” con su único ojo, miraba atentamente los movimientos del verdugo. Los visitantes de Pozo Seco saboreaban la victoria, mientras los de Villa Verde alentaban al arquero, su última esperanza. Sánchez tomó una corta carrera y metió un terrible bombazo a la derecha del arquero que volaba hacia la izquierda, mientras sonaba el despertador indicando el final del partido. El perro del viejo Varela, que se había acercado a curiosear, cruzó asustado por la campanilla frente a la línea de gol, recibiendo el fortísimo disparo. El perro huyó aullando a toda velocidad para no verse nunca más en la zona. La pelota no entró.

El partido terminó cero a cero y la bicicleta fue cargada en la vieja chatita Ford del cura para dejarla en la tapera, ya que todos coincidieron que la aparición del perro del difunto, era la demostración postrera de la voluntad de Varela de ser parte de los dos pueblos y no de uno en particular.

Compartí este articulo